Bastante conocida es la extraña vocación de los tucumanos por la basura; esta forma parte del paisaje provincial y de nuestra idiosincrasia. Bolsas, botellas de plástico, papeles, todo tipo de desechos alimentan basurales, adornan los accesos a la capital, las banquinas de las rutas. Como si fuese poco, en estos meses, donde el fervor electoral se hace más intenso, se suman las pintadas y las pegatinas en cualquier parte. Todo objeto es válido: paredes, postes de alumbrado público, puentes, paredones, frentes de las casas. La ruta N° 307 padece en casi todo su trayecto las penosas pintadas de los candidatos.
En 1972, en un intento de ordenar el proselitismo callejero, se promulgó la ordenanza municipal N° 1.459 por la que se prohibía las pegatinas en lugares no habilitados.
Hace pocas semanas, una agrupación política no tuvo mejor idea que pegar sus afiches sobre un mural que rendía homenaje a Pamela Laime, la adolescente asesinada en el año 2000 y cuya muerte se conoció 14 años más tarde, en la calle Ayacucho casi esquina General Paz. La obra, realizada por los artistas Virginia Vitale y “Kinga” Cáceres con el aporte de estudiantes de la Facultad de Artes y de LuchArte, había sido inaugurada en 2014. Lo lamentable es que la propaganda promocionaba la candidatura de un ex concejal que busca retornar al Concejo, quien se supone que debería conocer la ordenanza N° 1.459. La desubicada pegatina generó el inmediato rechazo de la Comisión de Familiares de Víctimas de la Impunidad y del Partido Obrero.
Como señalamos en otra oportunidad, no se trata de prohibir esta costumbre, sino de ordenarla a fin de garantizar la limpieza. Casi a diario se perciben veredas sucias de papeles con pegamento que han sido arrancados de paredes o chapas para pegar otros afiches. Se podrían habilitar sectores específicos en las ciudades para la propaganda electoral. Otro tanto debería hacerse en las rutas; resulta penoso ver en forma constante el nombre de candidatos pintados hasta en los troncos de los árboles. La ruta N° 157 que conduce a Simoca padece en casi todo su trayecto un rosario de afiches.
Por otro lado, una vez concluido el proceso electoral, los promotores de las pintadas, ya fueran de partidos políticos o de sindicatos, deberían tener la obligación de borrarlas, y si no lo hicieran recibir una severa sanción. Un aspirante a un cargo electivo a nivel provincial, municipal o comunal debe dar el ejemplo a la ciudadanía con acciones concretas. Sería saludable, por ejemplo, que la norma de limpiar las leyendas proselitistas rigiera también no sólo para quienes ensuciaran las propiedades privadas, sino también las instituciones públicas. De ese modo, al represerntar un costo tal vez significativo, se evitaría pintar o realizar la pegatina en cualquier parte.
¿Cómo se sentirían los mismos candidatos si las paredes de sus viviendas fuesen ensuciadas con afiches y de otras agrupaciones políticas? La Municipalidad debería difundir públicamente cuáles son los sitios habilitados para la propaganda callejera; no resultará difícil verificar las transgresiones e intimar a los responsables. En esta época en que Tucumán recibe una gran cantidad de turistas es penoso el espectáculo urbano que se les ofrece. Los afiches rotos tirados en la vereda o superpuestos sobre otros varias veces reflejan el poco afán de los candidatos a representarnos por la higiene de la ciudad, esa casa grande que nos cobija a todos y que debemos cuidar.